Vida de Jack London

                                      [...] Me marché del rancho antes de haber cumplido los once años. Fui a vivir en Oakland. Allí aproveché todo el tiempo que pude en leer cuanto vino a mi alcance en la Biblioteca Libre y Pública. Leí tanto que llegué a experimentar los primeros síntomas del baile de San Vito, debido al exceso de lectura y la consiguiente falta de ejercicio físico.
Mis ilusiones comenzaron a desvanecerse, a medida que aumentaba mi conocimiento de las cosas del Mundo. En aquella época me ganaba la vida vendiendo periódicos por las calles. Antes de llegar a los dieciséis años, había pasado por infinidad de oficios diferentes, pero alternando siempre trabajo y estudio. Los años iban transcurriendo...
Como el ansia de viajes y aventuras me consumía, pronto abandoné aquel ritmo de vida y me uní a los piratas de ostras. Hace tiempo que ha pasado la época de éstos. Pero si tuviera que purgar en la justicia mis delitos, me tocaría pasarme a la sombra una tirada de más de quinientos años. Después embarqué como tripulante en un velero y participé en la pesca del salmón. Cual ironía, mi ocupación siguiente fue la de vigilante de playa, encargado de echar mano a quienes violasen las leyes vigentes en materia de pesca. En aquel entonces practicaban la pesca ilegal muchos chinos, griegos e italianos: eran gentes sin escrúpulos y más de un guarda pagó con su vida haberse el inmiscuido en los negocios de semejante ralea.
Nuestra única arma de reglamento consistía en una especie de tridente de acero. Pese a semejante inferioridad, no sentí miedo nunca y creo que me porté como es debido cuando, en cierta ocasión, subí a un buque para detener a los delincuentes.
Más tarde, embarqué en navíos de mayor porte, con los que llegué a la costa del Japón, ascendiendo después hasta el Estrecho de Bering. Por aquellas latitudes asistí a la caza de la foca. Regresé a California después de siete meses de navegación y continué dedicándome a los trabajos más dispares e incluso extravagantes, unas veces como fogonero, otras como estibador o como peón en una fábrica de yute, donde se trabajaba desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. Con varios amigos míos planeaba para el año siguiente una nueva salida al mar. Ignoro cómo se me ocurrió desistir de ella, pero fue una suerte: porque el Mary Thomas, donde mis amigos se hicieron a la mar, se perdió sin que jamás volviera a saberse de él.
Durante mi asistencia a la escuela –una asistencia irregular y caprichosa– escribí algunas cosas que fueron muy elogiadas; pero suele ocurrir lo mismo en casos semejantes. Cuando trabajaba en la prensa de yute, intenté alguna vez reanudar mis actividades creadoras. Pero el trabajo en la fábrica me ocupaba trece horas al día; como era joven y no muy laborioso, quería reservarme algún tiempo para divertirme, de manera que quedaba muy poco margen para la literatura.
Por aquel entonces, La Voz de San Francisco ofreció un premio destinado al mejor artículo descriptivo que se presentase. Mi madre me animó a participar en el concurso. Me decidí, en efecto, y elegí como tema Un tifón en la costa japonesa. Comencé a escribir el artículo a medianoche, fatigado y soñoliento, sin olvidar que debía levantarme a las cinco y media de la mañana para acudir a la fábrica, como cada día. Pero trabajé sin descanso hasta haber escrito más de dos mil palabras, que era el límite establecido en el concurso: aquella extensión sólo me había permitido escribir la mitad de lo que llevaba dentro sobre el tema. A la noche siguiente y en unas condiciones análogas, continué sumando palabras y palabras, hasta que con unas cuatro mil quedó listo el largo artículo. Ello supuso que hube de emplear una tercera noche en cortar a diestra y siniestra, hasta dejarlo reducido a la extensión fijada en las bases del concurso. Me concedieron el primer premio. El segundo y el tercero fueron para sendos estudiantes de las universidades de Stanford y de Berkeley.
Aquel triunfo, en un concurso tan serio, me hizo pensar en la literatura. Pero la sangre me hervía aún demasiado para someterme a un trabajo ordenado y paciente. De manera que no tardé en abandonarlo: toda mi producción se había limitado a un escrito breve pero hinchado para La Voz, que este diario tuvo el buen acuerdo de rechazar sin más.
Viajé a pie por todo Estados Unidos, desde California hasta Boston, para regresar a la costa del Pacífico a través de Canadá. En este país fui a dar con mis huesos en una cárcel y fui procesado por vagabundo. Las numerosas experiencias que me había deparado mi aventura determinaron que me hiciera socialista. Ya antes me había conmovido meditando sobre la dignidad del trabajo, y sin haber leído a Carlyle ni a Kipling había formulado una especie de evangelio del trabajo que dejaba chicos los de tan prestigiosos autores. El trabajo es todo. El trabajo es la santificación y la salvación. Por mucho que los ponderase, no podrías imaginar cuánta fe, cuánto entusiasmo y cuánto orgullo dedicaba entonces a efectuar lo mejor posible mi ruda tarea cotidiana. Era tan esclavo de mi salario como víctima de la explotación capitalista. En fin, mi individualismo desenfadado y alegre estaba empapado de la ética ortodoxa del buen burgués. Pero después de haber luchado como un león, abriéndome paso con sólo mis fuerzas desde las liberales y hospitalarias tierras de Occidente, donde los hombres prosperan fácilmente como si la suerte les persiguiera, hasta los estados del Este, congestionados centros de actividad donde el individuo se esfuerza en vano en ser él quien persiga a su suerte, mi visión de la vida cambió por completo: la contemplaba desde un punto de vista diferente. Los trabajadores me parecían víctimas de un matadero, hundidos en la charca social. Me prometí no volver a exponer mi cuerpo ni un solo día a los esfuerzos del trabajo, excepto en caso de verme inexorablemente forzado a ello: habría de procurar por todos los medios esquivar todo compromiso que exigiera un esfuerzo físico.[...]
[...] Mi función en el lavadero consistía en planchar camisas y otras prendas de vestir. Las horas que me quedaban libres las empleaba en escribir. Me esforcé mucho en compaginar ambos quehaceres. Pero era frecuente que el sueño me rindiese teniendo aún la pluma en la mano. Más tarde, me marché del lavadero para dedicar toda mi jornada a escribir. ¡Entonces volví a sentir que vivía! Por poco tiempo... Pasados tres meses de inútiles esfuerzos, hube de reconocer mi fracaso en la literatura y abandonarla. Me largué a Klondike, atraído por la noticia de unos yacimientos de oro recientemente descubiertos. A final de aquel año se declaró una epidemia de escorbuto y regresé a mis lares, haciendo en un barquito mezquino la larga travesía de nada menos que casi tres mil quinientos kilómetros: pero aquélla fue la primera vez que me ocupé de ir tomando apuntes sobre las incidencias del viaje. En Klondike me había encontrado a mí mismo. Allí nadie habla: todos piensan, y el pensamiento les brinda –como me sucedió a mí– la auténtica perspectiva interior de su propio ser.
Mientras yo me encontraba en Klondike había fallecido mi padre, lo cual supuso que el peso de mi familia recayera sobre mis hombros. Para colmo, California atravesaba una época negra y no conseguí encontrar trabajo. Mientras lo buscaba en vano, escribí Río abajo, que fue rechazado. Pero antes que me comunicasen aquella decisión había escrito también otra obra de veinte mil palabras para una empresa recién establecida, que también había de rechazarla. Yo continuaba escribiendo, mientras aguardaba aquéllas que luego serían sendas malas noticias. Ignoraba lo que pudiera ser un editor o algo semejante. No conocía a nadie que hubiera publicado un escrito, por modesto que fuese. Al fin, sin embargo, me aceptaron un cuento en una revista de California, que me pagó cinco dólares. Poco después, El Gato Negro me ofreció cuarenta dólares por otro cuento. Parecía que cambiaba la situación... Ya no era probable que tuviera que ganarme la vida echando paletadas de carbón, como antaño.

Fragmento de "Mi vida" de Jack London. En el prefacio a "Antes de Adán" Ediciones Río Nuevo, Barcelona, 2003. Traducción de Federico Revilla.

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