miércoles, 24 de julio de 2013

Swift por Lecky parte V. House Organ.



Quinta entrega de la obra de W.E.H Lecky; en esta oportunidad, Swift, sus amigos y su experiencia como director del House Organ de la época, The Examiner.



Los principales escritores whigs de la época eran Addison, Steele, Burnet, Congreve y Rowe; en la vereda opuesta estaban Atterbury, St. John y Prior. Addison se retiró de la arena política semanas antes del ingreso de Swift a ella, quedando éste sin rival. Independientemente de lo que podamos pensar de la pureza de su conducta política, es imposible no admirar la grandeza intelectual dada la posición que ocupaba. Pocas veces la Historia muestra espectáculos más nobles que un gran hombre guiando una nación sólo con la fuerza de su genio, moviéndose, como las luces del cielo, inalterado por la admiración de la cual es objeto. Durante un considerable tiempo todo el sistema político giró alrededor de este solo hombre. Si bien no tenía rango o puesto alguno, y a pesar que su nombre casi nunca aparecía en sus escritos, el impulso de su genio era sentido en cada medida y monopolizaba toda discusión.
El partido tory, atacado por una abrumadora combinación de factores externos y desgarrado por las divisiones en su seno, fue sin embargo sostenido y defendido por Swift. Los líderes tories se dividían según sus intereses, temperamentos e incluso a veces por diferencias políticas; pero el predominante genio de Swift logró persuadirlos de una inminente colisión. Los miembros más extremos habían formado un cuerpo separado desde el cual clamaban por la expulsión de todos los whigs de los cargos del gobierno; a tal efecto Swift escribió su Letter of Advice dirigida al Club de Octubre, logrando la disolución de ese cuerpo y evitando el amenazante cisma. La nación, sacudida por el genio de Marlborough y atizada por una guerra prolongada, se oponía ferozmente a un partido cuya política era pacifista; desde el Examiner, Swift logró gradualmente modificar esta oposición, y su Conducta de los Aliados durante algún tiempo logró sofocarla. El éxito de este panfleto tiene pocos paralelos en la historia: logró revertir absolutamente la opinión pública y dio lugar a que los ministros concluyeran la guerra con el tratado de Utrecht. Adonde sea que fuese, era el principal objeto de atención del público. Su ingenio era la delicia de la sociedad, sus dichos los proverbios de cada taberna. Las personas más importantes, sea por su influencia, sea por su cargo, se peleaban para honrarlo. Entre sus amigos había hombres de todos los partidos, credos y opiniones. En el curso de unos pocos años entabló duraderas amistades con Addison, Steele, Halifax, Congreve, Prior, Pope, Arbuthnot, Peterborough, Harley, St. John y con la mayoría de los líderes de la época. Es extraño observar cómo este hombre, cuyo mórbido temperamento y sentimientos misantrópicos parecen tan repulsivos para la posteridad, era estimado y amado por lo mejor de esta tierra; cuántas amistades hizo que sólo el tiempo podía añejar, y la adversidad sólo fortalecer; cuántos tributos producto de su más profundo cariño entregó a aquellos que lo conocían mejor. “Querido amigo” escribió Arbuthnot años después, “la última frase de tu carta clavó una daga en mi corazón. Nunca repitas esas tristes pero cálidas palabras, de que intentarás olvidarme. Por mi parte, nunca podré olvidarte, a menos hasta que conozca -lo que considero imposible- otro amigo cuya conversación pueda procurarme el placer que he encontrado en la tuya.” Según Addison, era “la más agradable compañía, el más verdadero de los amigos, el mayor genio de su época.” Testimonios similares a estos se encuentran en cantidad. Estas amistades proveen una respuesta solemne y concluyente a los agraviantes cargos tan comúnmente lanzados contra Swift. El hombre que se había hecho de amistades tan cercanas con hombres de las más variadas características, y que las conservó bajo las circunstancias más diversas, no puede ser del todo malo, porque de todas las relaciones, la amistad es la más demandante. Ser un buen padre, un buen marido o un buen hijo, es producto del instinto o de la pasión; pero, ¿quién puede sobreestimar las nobles cualidades que se combinan en un fiel y devoto amigo?