sábado, 13 de noviembre de 2010

Delitos editoriales

He aquí un breve texto escrito en 1901 por Jack London, llamado "Editorial crimes", traducido toscamente por y para Little Politik (tenía pensado hacer dinero con ello, pero qué va) Interesante la descripción de la literatura como trabajo más que como oficio y de los manuscritos y borradores de una obra como mercancías. En un mundo sin impresoras ni fotocopiadoras, mecanografiar cada ejemplar enviado a revistas o editoriales supone un costo, y Jack London se encarga de advertir a los jóvenes que se aventuran a la literatura sobre el aspecto más angustioso del mercado editorial.

Quienes deseen consultarlo en inglés, el link está acá.
La primera parte en español, a continuación.

DELITOS EDITORIALES

Una protesta


Hoy en día la mayoría de los editores son hombres excelentes, corteses y compasivos, en un grado difícil de esperar bajo las actuales circunstancias. Sin embargo no debe encubrirse el hecho de que existen editores sin escrúpulos, y creo que sería positivo que los escritores nóveles conozcan algunos de “sus crímenes y delitos menores”, porque los resultados de tales vicios dentro del mundillo editorial son a menudo crueles, y siempre irritantes. Y no hay razón para que se perpetren estos delitos, excepto en el lamentable caso de esas revistas de bajo costo que siempre se encuentran ante esa puerta sagrada en la que el lobo de la quiebra se halla siempre gruñendo. Para ellos todo es admisible. Son brillantes exponentes de la ley de la autopreservación.
Pero no es así con el resto de la Fraternidad. No pueden presentar ninguna excusa válida por su mala conducta. Por ejemplo: Un escritor pasa su tiempo libre sellando y enviando un sinnúmero de sobres, además de conservar una miscelánea de manuscritos en la carretera; a él le corresponde mantener vigilado el paradero de sus escritos, para saber si se perdieron, extraviaron o fueron robados. Luego de despachar un manuscrito, debe saber qué tiempos esperar: Con un periódico debe permitirse que transcurra un mes de silencio, con una revista de segunda clase, seis semanas, y con una revista de primer nivel, unos dos meses. Al final de estos períodos respectivos, y no habiendo recibido en el ínterin ninguna noticia de la errante creación producto de nuestra cabeza y mano, se envía un «remolque». Por regla general, esto ni consigue el retorno del manuscrito ni una nota de aceptación. En ambos casos, el editor es culpable de un delito menor. El manuscrito es una mercancía. El elemento temporal de la economía política entra en la determinación de su valor, aunque, en verdad, al escritor se le niega la posibilidad de estimar en dinero el mismo. Un fabricante que vende zapatos a un plazo de noventa días, demanda y recibe -con justa razón- un precio mayor que si vendiese al contado. Dado que al escritor se le niega esto, es el deber del editor demorar lo menos posible el examen de las mercancías recibidas. El hecho de que el «remolque» suscite una pronta decisión editorial, demuestra que el editor estaba pecando. Pero si después de conservar durante un largo tiempo el artículo, el editor no se da por aludido del remolque, entonces es claramente un delincuente. La ética común exige una respuesta. Sucede que luego, tras varios meses de ansiosa espera, un remolque trae de vuelta el manuscrito en compañía de una nota estereotipada en la cual se advierte, entre otras cosas, lo siguiente: un manuscrito como el presente debe ser retenido por un período más largo que el conveniente para las necesidades del autor por merecer consideraciones adicionales, y será retornado al autor en cuanto lo solicite. Ahora, la clara intención del remolque no es solicitar el regreso del manuscrito, sino que lo que se pretendía era velar por su paradero y resguardarse ante una posible pérdida. Sin duda, la revista en cuestión no puede, dada la naturaleza práctica de las cosas, retener más que una muy limitada cantidad de manuscritos para una consideración adicional; por lo tanto, queda claro que hubiera sido una tarea más liviana informar a los autores interesados sobre el estado de sus asuntos. Después de haber tenido esa experiencia, quien esto escribe, temiendo una repetición de los hechos, dejó que un manuscrito permanezca seis meses con otro editor de revistas. ¡Maldito sea el día! Me costo el envío de cuatro remolques, con treinta días de diferencia cada uno, para conseguir su devolución. Por lo tanto, en tales circunstancias, el escritor se encuentra entre la espada y la pared; por un lado la susceptibilidad del editor, y por el otro, la pérdida del manuscrito.


Continuará



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