lunes, 15 de noviembre de 2010

Delitos editoriales (2° parte)


[...] Después de cuatro meses de espera con otro editor, un remolque hizo resucitar el manuscrito, acompañado de la siguiente nota: Tiene mérito, pero es demasiado largo. Si bien no se ajusta a nuestro periódico, sin duda que encontrará un mercado. Por lo cual me pregunto, en nombre de la idiotez común, ¿le tomó cuatro meses llegar a esa conclusión? El retorno de un manuscrito sobrescrito y garabateado encima no es una ocurrencia para nada inusual en el recorrido de nuestra mercancía. Y no es nada agradable para un escritor volver a sentarse para tipear un artículo mutilado por un editor  criminal. Pero incluso entonces, la compensación suele jugar un pequeño papel. Una vez me aboqué a una tarde de trabajo rutinario, escribiendo una parodia de mil quinientas palabras para un semanario de Nueva York. En caso de ser aceptado, ni en mis mejores sueños podía imaginar un cheque de una magnitud mayor de cinco dólares. Después de dos meses de silencio, lo remolqué y llegó a vuelta de correo. Decía OK, estaba firmado con el nombre del editor en el frente y redactado para la prensa, y reescrito con lápiz azul por todas partes. Totalmente arruinado, pensé; en la más pura desesperación, y sin quitar uno solo de los barbáricos garabatos, lo despaché con el cartero más veloz de los Estados Unidos. Cuatro semanas más tarde recibí un cheque por veinticinco dólares. Mis maldiciones sobre la cabeza del bárbaro editor tornaron en bendiciones. Incluso ahora, mi corazón está con él. ¡Mi benefactor!
La cuestión de la paga es otro asunto que reporta aires de delincuencia. Un editor cuyas tasas son extremadamente bajas, no tiene derecho, al tratar con un nuevo colaborador, a apurar su trabajo para la imprenta sin haber comprobado previamente si esta tarifa es aceptable para el vendedor del manuscrito. Sin embargo, esto se hace a menudo. También está el editor de un periódico que acepta y paga por el trabajo, y cuando el escritor  pide por el número en el que se publicó, se le aconseja comprar los catálogos o pregunta por qué no tiene una suscripción. Luego está el editor que escribe una breve y agradable nota de aceptación, diciendo algunas pocas cosas agradables sobre la "contribución", pero omitiendo mención alguna sobre esa importante cuestión que es la paga. Se notará que el diablo ha metido la cola cuando se refiere al manuscrito como una "contribución". ¡Mantén un ojo en él! Algún día expresará sorpresa ante tu impía audacia de reclamar tu paga. Del mismo modo, también está el editor que se fastidia cuando le reclaman la paga. Entre esta “silenciosa y malhumorada gente que dirige revistas” existe la costumbre de efectuar el pago dentro de los treinta días posteriores a la publicación. No se les puede achacar ninguna falta por tal comportamiento. Pero ciertamente sí se puede con el editor que espera sesenta o noventa días, incluso un año, o cualquier otro período de tiempo después de su publicación y que, cuando recibe una intimación de nuestra parte, realiza el pago de inmediato seguido de las más sentidas disculpas. Es una lástima, pero a veces uno tiene que lidiar con semejantes tipos. Sin embargo, no hay que ser tímido con ellos. Espera a que se cumpla la fecha límite y luego importúnalo con tu reclamo. Si resulta ser sólo un error de su parte, no se hieren susceptibilidades y todo queda enmendado. En caso que no haya error, entonces tienes la seguridad de que tampoco has cometido ninguna falta al reclamar lo tuyo.
    Vale la pena decir algunas palabras sobre los buenos editores. Más de una vez, urgido de dinero, les he escrito apenas publicaban mi manuscrito, o poco después; y sin excepción, me giraron la paga. Si hubieran querido comportarse con astucia, les habría sido muy fácil refugiarse detrás de la costumbre de los treinta días.
    Quizá sea mejor poner fin a este artículo mientras el tema discurre entre los buenos editores, y no se me ocurre mejor manera que describiendo como ideal el manejo del Semanario Agrícola de Massachusetts. Sin duda, muchos lectores lo conocen de primera mano. No obstante describiré su método: rara vez un manuscrito queda pendiente de decisión por más de una semana. En caso contrario, se devuelve inmediatamente. Si es aprobado, se lo acepta instantáneamente. En este último caso, se envía una tarjeta postal al escritor, informándole que el pago se hará treinta días después de la publicación y que una copia del número que contiene su artículo le será enviado por correo. Estas promesas se cumplen al pie de la letra. No es una hipérbole decir que es tan cierto como la salida del sol. Se observará que lo antedicho tira por tierra gran parte de la mala conducta editorial que he descrito, y si este hábito fuese un comportamiento extendido, sin duda contribuiría a salvar de la condena las almas de muchos editores.

Jack London 

Publicado por primera vez en  Dilettante, febrero de 1901.-
Traducido a los ponchazos por Little Politik .-

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