lunes, 23 de agosto de 2010

Qué es la literatura distópica I (una aproximación)




Para comprender el significado que entraña el término Distopía es necesario comenzar las indagaciones a través del concepto madre, es decir, la utopía, que a pesar de ser ampliamente conocido, reviste diferentes y contradictorias definiciones. No obstante ello, es posible hallar cierto consenso en atribuir a Tomás Moro la creación del concepto y del contenido del cual lo dotó, es decir, como un estado óptimo e inalcanzable.
La utopía contiene en sí la idea de concretar una sociedad ideal, en que las relaciones sociales sean transparentes, y reine un orden de paz y armonía. El sueño de la sociedad ideal ó perfecta suele chocar muchas veces con la frágil naturaleza humana, inacabada y por tanto imperfecta.
Para comprender el pensamiento utópico se debe recurrir a las diversas concepciones acerca de la naturaleza humana. De acuerdo a cómo se conciba ésta, se definirá a la construcción de estados ideales como ascéticos, moralistas, pastoriles, dotados de ingenuidad, ó por el contrario, como estados en los cuales predominan la razón y el imperio de la ciencia como pilares que sostienen la nueva sociedad.
En el componente propositivo de las utopías siempre se manifiesta, en algunos casos más abiertamente que en otros, una fuerte crítica a la sociedad vigente. Entonces, la utopía forma parte de un planteo superador de la realidad existente, pero no para el presente, sino en un futuro indeterminado, que carece de lugar pero que sirve como faro que debe guiar a la acción humana.
Dentro de la literatura utópica cabe agregar a las llamadas distopías, una suerte de hijas bastardas de las utopías.
Estas poseen una utilidad negativa, en tanto no pretenden proponer un modelo ideal de organización social, sino criticar el orden existente, mas también proyectan construcciones que advierten sobre el riesgo de la concreción del sueño utópico.
Dentro del subgénero distópico se encuentran obras destinadas a advertir y censurar los riesgos que entrañan las ideas basadas en concepciones acerca de un progreso indefinido, y de determinaciones de leyes naturales e históricas, que conduzcan a estados opresivos y totalitarios.
Las distopías más conocidas en este sentido son Nosotros de Evgeni Zamjatin, Un Mundo Feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell, si bien no son la primeras. De hecho, ya se ha escrito aquí sobre algunas otras.
Sin embargo, existen distopías ajenas al siglo XX que no precisan en los peligros de la edificación de los totalitarismos sino que su objeto se restringe a cuestionar el sueño de una humanidad perfecta, no por el lado de la opresión totalitaria, sino por la pérdida del sentido y del impulso hacia la felicidad y el goce, haciendo notar los efectos de una vida soporífera sumergida en el aburrimiento desde una mirada satírica.
Las distopías que se proponen lo antedicho defienden en cierto sentido las máximas del pensamiento liberal. Los conceptos de libertad individual, utilidad y competencia son amenazados por el pensamiento utópico, no porque éste pretenda erradicarlos violentamente, sino porque se propone reformar la condición humana tal cual la comprenden los liberales: imperfecta y egoísta. Atribuyendo las calamidades del presente al entorno, que desvirtúa y corrompe al hombre, la reforma de las instituciones y de la organización vigente aparejarían el “reencuentro” del hombre consigo mismo, que ya no encontraría motivaciones para guiarse por la utilidad de sus acciones.....si el impulso creativo del artista reside en la oposición a lo establecido, la realización de la utopía constituye el ahogo creador, ó el síndrome de la página en blanco.
Tanto la utopía como la distopía poseen su aspecto crítico, pero sólo la primera cuenta con un planteo propositivo. La crítica de la utopía se dirige al presente, mientras que la distopía avanza hacia el futuro para prevenir los riesgos que se estarían engendrando en ese presente.
Probablemente la premisa fundamental de las obras distópicas la constituya la presentación de la condición humana en su modo más radicalizado, es decir, tanto presa del odio ó de un uso irrestricto de la razón, esa que produce monstruos.




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