lunes, 5 de julio de 2010

Prensa, democracia y mayorías


En busca de un lugar común, siempre se puede revisitar las imperecederas páginas de un clásico, cuya voz parece más útil hoy que en su tiempo. En La democracia en América (1835) el pensador francés Alexis De Tocqueville acuñó el término “revolución democrática” para describir el avance imparable de la democracia a lo largo de la historia. Por aquél tiempo, Tocqueville era un joven estudioso y de ideas liberales, que con el pasar del tiempo terminó anquilosándose como diputado de la fracción conservadora. Su lectura sobre el avance democrático es en algún modo ambivalente, pues el optimismo inicial de sus páginas decae hacia el final, tomando un tono más escéptico. Quizá aquí reside la importancia y vigencia de su pensamiento, pues independientemente de sus ideas y de su coqueteo con principios monárquicos, supo describir con precisión el proceso democrático en plena gestación, y aventurar de manera profética su desarrollo a escala mundial.

La democracia, (tal como la veía Tocqueville en ese entonces) era considerada como un estado social de igualdad de condiciones, afianzándose en el mundo occidental en general y en particular en los Estados Unidos, especialmente en sus instituciones y costumbres.
Al respecto, Tocqueville destaca que Los Estados Unidos tienen una práctica democrática anterior a la Revolución de 1776 que se manifestaba en ámbitos locales (léase Town meetings o el ayuntamiento de Springfield presidido por el alcalde Diamante) y que la revolución abrió las puertas para que se expandiera a nivel federal. La aguda observación de Tocqueville es que esta práctica no tuvo que lidiar con un pasado aristocrático, y su desarrollo será, por ende, pacífico. Por otra parte, la búsqueda de la igualdad no se verá dificultada porque Estados Unidos no cuenta en su pasado con un modo de producción feudal; además, con la conquista del oeste la igualdad irá tomando más forma mediante el reparto de las tierras ganadas a los indios.
Tocqueville reconoce que este avance de la igualdad es imparable, pero puede acarrear consecuencias negativas; la clase media rural norteamericana (que en ese entonces estaba extendida a lo largo y ancho del territorio) tiene una pasión desmedida por el trabajo, el orden y el bienestar material (aquí Tocqueville parece adelantarse a Weber y su Ética Protestante) y disemina su cultura al resto de la población, y esto conduce a resto de los ciudadanos al individualismo (que es típico de la democracia según Tocqueville) como medio para procurarse una mayor igualdad, despreocupándose de la libertad.
Tocqueville distingue un fenómeno que se expresa en el estado democrático: esta es la tiranía de la mayoría, que apareja intrínsecamente una violencia que opera sobre las conciencias de los ciudadanos y sobre la opinión pública. Esta surge porque al ser todos iguales en condiciones, se creen iguales en inteligencia, todos creen conocer la verdad, por lo que la fe en la opinión común es una religión cuyo profeta es la mayoría. El que no está de acuerdo pronto se da cuenta que la mayoría no puede errar por ser tal y consiente con ella porque cree que ésta tiene razón ó por temor a ser segregado, pero si el disenso es constante será considerado un paria que se verá obligado a recluirse en su ámbito privado.
La igualdad lleva consigo dos tendencias: la independencia, que empuja a los hombres dejar la esfera pública; y la debilidad, que rompe con el individualismo cuando los hombres se perciben débiles y esto los impulsa a agruparse y a rearmar los lazos sociales que la igualdad ha destruido.
Tocqueville no realiza su análisis desde el marco institucional, sino desde la sociedad civil, donde está la clave para frenar el despotismo. Así como los Federalistas Madison, Jefferson y Jay vieron en 1787 la necesidad de poner frenos y contrapesos en la sociedad política para evitar que una mayoría circunstancial tome el poder, Tocqueville piensa en poner coto en la sociedad civil a esta fuerza moral que moldea los pensamientos de la gente, observando la necesidad de que estos frenos se manifiesten por medio de la acción ciudadana a través de asociaciones para que nadie se vea obligado a aceptar opiniones que no se corresponden con las suyas, y así evitar que la igualdad se imponga por sobre la libertad, ya que la gente es capaz de optar por la primera si se encuentra en la obligación de elegir. El estado democrático ha echado raíces en la sociedad material, y dado que en la sociedad democrática no hay barreras naturales que contengan estas intenciones, hay que crearlas artificialmente mediante la acción ciudadana.
El miedo de Tocqueville es que la ambición material puede desencadenar no tanto en la pérdida de los derechos políticos, sino en que el pueblo deje de ejercerlos.
Las asociaciones a las que se refiere Tocqueville no son otras que la prensa y los clubes de lectura y debate. Estos son fruto de los ciudadanos que rompen con el individualismo y que con un interés particular buscan intereses particulares semejantes para formar un interés común de manera tal que contrarresten la opinión de la mayoría. El nexo entre estos intereses está constituido por la diversidad de periódicos que acortan las distancias entre los interesados en agruparse en asociaciones de distinta índole. El fomento del debate logra, en términos de Tocqueville, que uno salga de sí mismo, reconozca los beneficios de la libertad y que recupere los espacios de la sociedad civil que la mayoría le ha arrebatado.
El punto tanto de partida como de llegada de Tocqueville consiste en que en las democracias se pierde el criterio cualitativo de las opiniones políticas dándose un criterio cuantitativo. Por ende, para detener la fuerza de una mayoría circunstancial es menester el pleno ejercicio de los derechos políticos que la democracia ofrece, tanto en sus instituciones como en la sociedad en la cual el principio democrático rige.

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