viernes, 23 de julio de 2010

El Traficante de Naufragios


El neoliberalismo demuestra diariamente que su viabilidad no depende del grado de exclusión y marginalidad que produzca. Los últimos treinta años revelan la capacidad del neoliberalismo en particular, y del capitalismo en general, de reformular sus propias crisis. El capitalismo provoca crisis, pero no las padece. Para comprender el funcionamiento del capitalismo se debe observar su naturaleza cíclica, y no abordarlo como un proceso unilineal.

Desde una mirada proveniente de la periferia, puede afirmarse tal vez con mayor fuerza argumentativa que los recurrentes cuellos de botella del sector externo conduzcan a ciclos políticos donde prima la represión por encima de la búsqueda de consensos y que terminen con el quiebre de las instituciones del Estado y de movimientos populares organizados. Sin embargo, las crisis de las deudas externas en Latinoamérica en los ochenta, la caída del muro de Berlín y el desmembramiento del bloque soviético abrieron nuevos escenarios en la región, donde las fuerzas armadas dejaron de ser un factor de poder capaz de torcer las políticas de gobiernos elegidos democráticamente. No obstante, éstas fueron torcidas de todas maneras.
La ausencia de represión al modo de los setenta –la más brutal y despiadada que haya conocido la región en su historia- no implica que esta desaparezca, sino más bien que ha mutado a otras formas: exclusión social, pobreza, marginalidad y violencia, sumado a la desmovilización de sectores populares (gracias a la represión precedente) y a una creciente apatía política.
Aún en el caso que se deba apelar a la represión para sostener el modelo neoliberal, éste nunca se verá amenazado si no tiene enfrente un proyecto alternativo. Mientras esto no suceda, el capitalismo, bajo su ropaje neoliberal, se nos presentará como una verdad natural e inevitable.
Las crisis económicas pueden abonar el terreno para que crezcan y se afirmen cuestiones de índole nacional, étnicas, reivindicación de demandas populares, identitarias, de transparencia institucional, etc, pero sólo quedarían en lo anecdótico en el plano económico, imposibilitadas de realizar algún tipo de reformas que redunden en mejoras sociales.
Esta imposibilidad de impulsar reformas desde el llamado campo popular implica preguntarse antes por lo que dicha expresión engloba. Las sociedades bajo el modelo de Estado de bienestar se caracterizaban por una relativa homogeneidad social: no era muy difícil poder identificar las distintas clases sociales y sus adhesiones ideológicas. El quiebre producto de la crisis del petróleo, los golpes de estado en la región, la imposición de recetas monetaristas en economía más la implantación del discurso posmoderno que privilegia la individualidad y el hedonismo, y que corta con los grandes relatos que daban sentido a la historia de las ideas, delinearon el camino a transitar en la sociedad, donde progresivamente se fue disolviendo la homogeneidad social que proveía el modelo benefactor reemplazándola por una fragmentación cada vez mayor, que torna en titánica la tarea de aglutinar a los sectores sociales, cada vez más disímiles, en pos de demandas de mejoras en las condiciones de vida.
Una sociedad fragmentada es el mejor escenario para el desenvolvimiento del modelo neoliberal, porque no debe recurrir a la represión política para imponer su proyecto, pues no tiene enfrente una posibilidad de cambio viable. En otras palabras, la viabilidad del neoliberalismo no depende de su lógica interna, -que la tiene- sino que está fuera de aquél. Pareciera comportarse como un vector en las matemáticas. Si no se le opone una fuerza igual o mayor, éste sigue su rumbo. Inevitablemente.
Los impactos de la revolución científico-tecnológica redundan en una reducción cada vez más creciente de mano de obra, no sólo en la industria sino también en el campo. En contrapartida, la desocupación producto del avance tecnológico no hace más que empujar los salarios hacia abajo, variable que se torna central a la hora de evaluar las posibilidades de producción. El salario deja de ser considerado como potencial demanda agregada de bienes y servicios en el mercado interno para convertirse en costos de producción, debido a que ésta ya no se orienta hacia el interior de los estados nacionales sino hacia el mercado internacional, y una baja de los ingresos populares hace más competitiva la producción frente al resto de los estados.
Sin embargo, la revolución científico-tecnológica sólo tiene origen en los países centrales, y la periferia intentará incorporar sólo aquellos tramos en los segmentos más rentables de su producción, mientras que el resto se verá atada a una consecuente baja de los ingresos para abaratar costos y así lograr la tan mentada “competitividad”.
El resultado de lo antes mencionado acarrea que, por ejemplo, en América Latina se acentúen las disparidades sociales y la concentración de la riqueza en pocas manos, reproduciendo las características del escenario poscolonial donde era verificable una sociedad dual. Se conservan modos arcaicos de producción, enclaves productivos con trabajadores altamente vulnerables y despojados de cualquier tipo de seguridad social, mientras que por otra parte ciertos segmentos de la población adquieren un nivel de vida casi comparable con el de los países centrales, tomando de ellos sus modos y costumbres. La revolución tecnológica en el plano de las comunicaciones potencia este efecto, pues las fronteras parecen reducirse, acercando intereses comunes entre aquellos que poseen la oportunidad de experimentar el cambio tecnológico, independientemente de sus orígenes nacionales, mientras que aquéllos que quedan por fuera del acceso a los medios de información y comunicación parecen condenados a reproducir sus condiciones de existencia, heredándoselas a su descendencia.
El fenómeno de la globalización, entendido como el incremento de los flujos financieros y de comunicación en tiempo real, ha sido abordado bajo el concepto de aldea global; es decir, como el proceso de disolución de las fronteras nacionales, del afianzamiento de un capitalismo mundial potenciado por la caída del bloque soviético y el advenimiento de teorías que profetizaban el “fin de la historia”; esto es, el fin de los modelos alternativos a la democracia liberal en materia política, y la consolidación del capitalismo a escala global en materia económica.
La contracara del mencionado fenómeno consiste en el desmembramiento de la matriz estado-céntrica, donde el Estado deja de ser el actor principal en la sociedad, pierde su rol de articulador de las relaciones sociales y cede este lugar a actores privados, grupos de presión, empresas transnacionales, organismos multilaterales de crédito, etc.
No obstante, esta supuesta erosión del poder del Estado queda en parte refutada, primero con los atentados del 11 de septiembre de 2001, y en segundo lugar, por la crisis financiera norteamericana de fines de 2008 que aun sigue dando algunos coletazos. El sueño de un escenario mundial libre de disputas militares, supeditado a intereses meramente comerciales quedó rápidamente descartado. La inmediata securitización de la agenda internacional impuesta por Estados Unidos y seguida por los miembros de la OTAN dan cuenta que el escenario internacional no es un ámbito donde reina una relativa anarquía (*) entre los Estados, sino que existe una jerarquía, al menos en el plano político-militar, por parte de Estados Unidos. El único ámbito donde es posible disputar intereses nacionales queda reducido al aspecto económico, donde los distintos alineamientos interestatales pueden ganar algunas batallas en materia comercial frente a las potencias. Respecto a la crisis financiera, la intervención activa del Estado con un keynesianismo sui generis juega un rol preponderante a la hora de mantener el nivel de actividad económica, emitiendo deuda e inyectando dinero en la sociedad.
A modo de conclusiones, (lamentablemente siempre provisorias) puede afirmarse que el nuevo escenario mundial abre variadas opciones que habilitan pensar en una reestructuración de la actual situación, tanto en nuestro país como para América del Sur.
El relativo olvido en el que ha caído la región por parte de Estados Unidos, que se encuentra embarcado en aventuras militares en Medio Oriente, no es un factor de preocupación, sino lo contrario pues genera la oportunidad de repensar el proceso de integración en el Cono Sur, ya no desde meros acuerdos comerciales, sino avanzando en el plano económico, aunando criterios macroeconómicos que estabilicen la región, y también en materia política, que permita a la región tener una voz de peso en el escenario mundial.
Por último, la viabilidad del neoliberalismo sólo quedará supeditada a la posibilidad de los Estados de recuperar ciertas funciones ahora en manos del sector privado, no sólo en lo concerniente a los recursos y servicios esenciales, sino también a obtener la capacidad de reorientar el crédito hacia actividades productivas, y avanzar hacia una mejora en la distribución del ingreso. Respecto a los impactos de la revolución científico-tecnológica sólo queda pensar en qué hacer con el tiempo libre generado por la incorporación de tecnología, es decir, si ésta será la contracara de la desocupación producto del “determinismo tecnológico” que impide la reinserción laboral, ó si por el contrario se trata de una oportunidad de revisar los modelos productivos vigentes.
Existen experiencias que demuestran que es posible revertir dichos procesos. A escala nacional los casos exitosos son Japón y Corea del Sur, con sus modelos de desarrollo basados en la coordinación del MITI en el primer ejemplo, y de la constitución de los Chaebol, (suerte de conglomerados productivos) en el segundo. En menor grado, los casos de la región Emilia Romagna en Italia, el diseño de planes estratégicos en Barcelona, y la integración productiva en la ciudad de Rafaela (por nombrar un caso local) dan muestras de un modelo alternativo. El impulso del modelo de clusters, entendido como el desarrollo de actividades a lo largo de una cadena de valor, particularmente en los sectores tecnológicos y de servicios, sumado a la aparición de empresas autogestionadas, cooperativas, fábricas recuperadas, etc, componen un extraño híbrido, pero que logran sobreponerse a la lógica neoliberal de una competencia desmesurada que implica significativos costos sociales.
Este tipo de recetas conllevan el ingrediente cooperativo en sus prácticas, y deberán adecuarse a las idiosincrasias locales. Por supuesto, esto no implica una negación del capitalismo, pero bajar los niveles de competencia interna en pos de invertir en investigación y desarrollo, con la articulación de algún nivel estatal potencia las capacidades productivas, y recrea los lazos de solidaridad que el trabajo genera, reconstituyendo de alguna forma el tejido social.

(*) Tal es el modo en que los teóricos de la corriente realista de las relaciones internacionales han abordado al concierto mundial de naciones, es decir, como un fino (des)equilibrio de poder entre Estados. Los principales exponentes de la Realpolitik son Hans Morgenthau, Kenneth Waltz y Henry Kissinger.

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