domingo, 4 de julio de 2010

El futuro llegó...hace rato


Tal vez el caso más interesante en la tradición de la literatura distópica le corresponda a Edward George Bulwer Lytton (1803-1873). Es a este señor inglés de rimbombante nombre, condecorado Lord de la corona británica, escritor, poeta, político, viajero, dramaturgo, traductor, aficionado al ocultismo, dandy londinense, etc., al que se le debe quizás la primera novela que aúna el carácter distópico y de anticipación científica. Admirado por disímiles personalidades tales como Edgar Allan Poe, George Bernard Shaw y Mary Shelley, entre otros, y amigo de Charles Dickens, Lord Lytton produjo una vasta obra literaria, reunida en más de cuarenta volúmenes. Lamentablemente, bastan los dedos de una mano para enumerar las obras traducidas al español, y un oráculo para hallarlas.

En su libro La Raza Venidera, (The Coming Race) escrito en 1871, el protagonista cae por el túnel de una mina en las afueras de New York encontrándose con un mundo subterráneo donde halla una civilización superior donde la paz es moneda corriente, la abundancia de alimentos es notoria, el género femenino no sólo es el bello sexo sino también el más fuerte y el gobierno es un ente residual reducido a meras tareas administrativas.
Sin embargo, a diferencia de las utopías renacentistas e incluso a las posteriores a este período, el relato de Bulwer Lytton no describe a seres naturalmente dotados de bondad y propensos a la vida armoniosa en sociedad, sino que la naturaleza de esa especie (que parece tener antepasados lejanos en los seres de la superficie) es muy similar a la humana en su afán de ganancias, conquistas y honores. En su historia se registran matanzas y guerras semejantes a las que el género humano desarrolló en toda su existencia, (y de las del porvenir) y no obstante, el motivo que conduce a la paz y armonía en la sociedad subterránea es la disuasión recíproca por medio de una curiosa arma.
Todos sus habitantes se encuentran dotados del Vril, un elemento manipulable hallado en las profundidades de la tierra capaz de devastar regiones enteras, pero que también puede moldear conductas. El temor producido por la posibilidad de una mutua destrucción allanó el camino para que la raza venidera dejara de lado las disputas y organizase la vida en sociedad sin alteraciones, placentera pero monótona, como se verá más adelante.
Bulwer Lytton invierte aquí la premisa de la bondad innata del hombre, adscribiendo tal vez a la máxima de Hobbes “el hombre lobo del hombre”, pero que encuentra su resolución en la mutua disuasión, evitando la figura de un Leviatán todopoderoso.
En este sentido Bulwer Lytton, que reconoce cierta maldad innata en el hombre, parece inclinarse hacia la opinión de que el ambiente influye en la constitución del hombre, y que puede contribuir tanto a moldear una humanidad más “humana” como lo opuesto.
La raza venidera vive feliz, porque ha erradicado el afán de competencia entre los individuos, demostrando que la bondad de la cual son dueños es una cualidad adquirida, desarrollada en base a sus experiencias bélicas, y no de carácter innata. Empero, existe cierta reminiscencia imperialista, en el afán de que en algún futuro tendrán que salir a la superficie para conquistar a los pueblos atrasados.
La nación de los Vril-Ya (tal es el nombre del género subterráneo) está organizada en colonias de entre 10 y 12 mil habitantes, imitando las proporciones del diseño de Robert Owen en su paralelogramo de la armonía. Los excesos de población se resuelven fundando nuevas colonias, sobre la base de las anteriores en territorios inhóspitos, ó en casos excepcionales exterminando a sus nativos pobladores (que no poseen el Vril) con los cuales no existe posibilidad de diálogo, pues sus frágiles constituciones políticas, organizados bajo la forma de los Koom Posh, se asemejan en demasía a la democracia estadounidense.
La vida de sus habitantes en momentos de ocio se dirige hacia la investigación científica, y poco hacia la recreación artística. Las obras de teatro son escasas y han sido concebidas en tiempos lejanos, cuando no se hubo alcanzado el manejo del Vril. La escasa literatura producida en tiempos de paz es pobre en su calidad, y escrita por niños, que pronto abandonan la tarea literaria para dedicarse a la ciencia ó a los deportes, considerados por el protagonista como insípidos y poco atractivos. Como éste mismo relata, ningún entretenimiento derivaba en la borrachera, el desorden ó la enfermedad.
La causa por la que la literatura no encuentra desarrollo es porque ya no existen pasiones típicamente humanas sobre las que escribir. La venganza, la ambición y el honor han sido desterrados de la memoria. Ninguna manifestación artística se encuentra prohibida, sino que sólo no existe el impulso para realizarlas. No hay héroes ni gestas épicas sobre las cuales escribir poemas, ni amores desenfrenados ni traiciones que plasmar en relatos novelescos.
La filosofía se encuentra extinguida, pues al haber alcanzado la sociedad tal grado de perfección no es necesario especular sobre un mejor estado de las cosas.
Ante semejante escenario, el predominio de una libertad e igualdad absolutas, asentadas en una plácida y monótona vida conducen al protagonista a intentar la huída del paraíso subterráneo, no sólo por el aburrimiento del que es sujeto sino también porque comienza a ser considerado una amenaza para los Vril-Ya por sus ideas subversivas (de hecho, el protagonista contempla en su soledad la posibilidad de erigirse en rey de los Vril-ya, y reniega de no poder acompañar esos pensamientos con un whisky y un buen cigarro)
La naturaleza inacabada del hombre parece haber alcanzado su completud en la nación subterránea.
La angustia que sobrevuela el final de la obra recuerda de algún modo al cuarto viaje realizado por Gulliver al país de los Houynmmms. El personaje creado por Jonathan Swift escapa de todos los destinos a donde sus naufragios lo han conducido, pero al arribar al país habitado por caballos inteligentes decide quedarse, maravillado por el modo de su organización y su sabiduría. El protagonista se avergüenza de su propia condición, de la que da cuenta al confrontar con los salvajes seres que son los yahoos. Pero su decisión no puede llevarse a cabo porque es expulsado del país de los Houynmmms por sus amos, que lo perciben como un yahoo más. La diferencia radical estriba en que mientras el personaje de Bulwer Lytton ansía reencontrarse con el género humano, en busca de la diversidad que le era negada en la nación de los Vril-ya, Gulliver retorna a su Inglaterra con un supremo desprecio hacia el género humano.
En cuanto a la crítica social que toda utopía contiene, la de Bulwer Lytton apunta de manera casi profética a los riesgos que el avance tecnológico podría acarrear, anticipándose a la doctrina del espacio vital de la Alemania nazi, los genocidios del siglo XX y la bomba atómica como mecanismo de disuasión mutua. Por lo demás, (que no es poco), es bastante escueta salvo por agudos detalles acerca de la doble moral de la Inglaterra Victoriana, destacándose el capítulo dedicado a la seducción entre ambos sexos y la timidez en el coqueteo, contraponiéndolas con la falta de decoro de las damas inglesas. Por último, el autor demuestra cierto desdén por la democracia norteamericana, que como dice al inicio de su relato, permite que su acaudalado y respetable padre sea derrotado en elecciones legislativas nada menos que por su sastre.
En la obra predominan reminiscencias evolucionistas de las teorías de la supervivencia del más apto y de la selección natural, de Herbert Spencer y Charles Darwin respectivamente, además del antes mencionado Robert Owen.
¿Es posible pensar en un escenario como el de la nación de los Vril-Ya, donde todo intento de pensar en contra del orden establecido se encuentre extinguido, no por una prohibición sino porque no exista impulso siquiera para hacerlo? Probablemente sí, aunque no sea deseable.

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